Hace tiempo me sumía en una fuerte crisis personal. Recuerdo que necesitaba actividad física y me apunté a un gimnasio. Allí observaba que practicaban Judo y otra arte marcial para mi desconocida: Ju Jitsu que según me decían significaba "la técnica de lo suave".
Hubo un día que fue crucial para mi, al observar una luxación de muñeca (Kote gaeshi), me di cuenta que estaba ante algo diferente. A mi, desde pequeño, me atraían las artes marciales, pero al mismo tiempo había algo en ellas que me daba miedo, me imgino que sería miedo a la lucha y al conflicto competitivo.
Ese kote gaeshi me animó a probar una clase de Ju Jitsu, me gustó bastante y empecé a practicar con esmero y dedicación. Notaba que mi ser comenzaba a resurgir, a medida que practicaba me sentía cada vez más fuerte y sobrio. En un par de años mi capacidad física era encomiable.
De forma paralela conocí el shiatsu (digitopuntura japonesa) y esto me llevó a estudiar masaje y acupuntura. Mi interior y mi exterior se expandían más y más.
Recuerdo que preparaba un examen para azul (de esto hace unos 16 años) y comenzaba a tener dudas sobre la práctica del
Ju jitsu, salíamos de las clases llenos de hematomas, hubieron compañeros con un par de lesiones muy graves de ligamentos y los
kumites me parecían una manera de imposición y no de impartir conocimientos.
Pero mis dudas en breve se verían disipadas. Al par de días, me dieron la noticia que se impartían clases de
Aikido, y recuerdo que mi querido hermano me dijo que se apuntaba ya. No tenía mucha información, solamente que era conocido por Steven Seagal en el cine y que tenía fama de mucha dificultad en su aprendizaje.
El primer día que observé al sensei Fernando Domenech me impactó brillantemente comprobar la sutileza de sus desplazamientos, como se redondeaban las técnicas, la fluidez de movimientos, lo más asombroso, ver como un jubilado de más de 70 años se deslizaba por el suelo como una sombra, cayendo redondo y sin impacto, suavemente como en un sueño.
Durante unos meses mi práctica del
Ju Jitsu fue perdiendo aliciente. Conocí a nuestro querido amigo Ximo, que por aquel entonces estaba hecho un chaval, y me animó a que probara el aikido. Acepté la invitación y desde entonces soy
aikidoka. Recuerdo que trabajamos la respiración,
suwari-waza, relajación, complementación de
uke-tori,
bokken, jo, etc, y los sábados por la tarde me iba con mi amigo Enric (una excelente persona y un superdotado para las artes marciales) a practicar más aikido a Cheste, donde conocimos a otros alumnos avanzados de nuestro sensei.
En aquellos momentos me encontraba con un físico poderosos, con una mente expandida y con un espíritu alimentado por el equilibrio armónico del
Aikido. Estaba en un apogeo, en un cúlmen vital,
era lo mejor de mi mismo.
Durante aquellos tres o cuatro años conseguí mucha flexibilidad en todos los sentidos. Pero sin saber por qué, me inmolé, renuncié, comencé a abandonar la práctica del
aikido. El erróneo concepto, transmitido por la cultura judeocristiana, de sacrificarse por los demás.
Mi hermano contínuamente me animaba a reanudar la práctica, pero yo como enajenado no hacía caso a sus consejos.
A pesar de las dificultades en la vida no tenía que haber dejado atrás "
lo mejor de mi mismo", por que así poco a poco fui cayendo en otra fuerte y profunda crisis personal.
Pero lo importante es que ahora estoy en el
dojo mushin, practicando
aikido, siendo cada día más flexible y soñando un nuevo y más grande apogeo.
Por eso os aconsejo
nunca dejéis atrás lo mejor de vosotros mismos, ni por nadie, ni por nada.